lunes, 23 de mayo de 2016

CLARINES Y TROMPETAS PARA UN DIOS POLIVALENTE

TUBILUSTRIUM

El día 23 de Mayo se celebraba, en Roma y en muchas otras ciudades de la Península Itálica, una ceremonia denominada tubilustrium, consagrándola en honor al dios Vulcano.
Un tubilustrium era una ceremonia eminentemente militar, en la que se realizaba la lustratio de las tubae (tubas). Si hay alguien aficionado a los latines en la sala, se ruega que por favor se abstenga de hacer el chiste fácil, y no pretenda traducirlo como "el día de sacarle lustre a las trompetas". Una lustración era una ceremonia muy seria, que consistía en una purificación ritual, normalmente mediante la aspersión de agua lustral. Y, sí, las tubas eran trompetas. En este caso, eran los instrumentos musicales utilizados en la rutina castrense los que se purificaban, comenzando por las tubae; seguramente siguiendo por los demás instrumentos de viento - cornu (especie de trompa), lituus (especie de clarín), bucina (especie de corneta) -; y, llegando probablemente hasta los silbatos de los centuriones.
La consagración del día y la ceremonia a Vulcano se debe a su advocación de dios guerrero. Ésta era una de las muchas de esta polifacética y antigua divinidad, cuyo nombre se documenta también como Volcanus o Volkanus, relacionado con el dios etrusco Velxanu. Como éste, era un dios agrario, responsable de aportar el calor necesario para la germinación de las plantas, formando pareja, en Roma, con la diosa Maya, de la que ya hablamos y que, probablemente, había dado el nombre al mes en el calendario antiguo. Vulcano. como Velxanu, también era el dios productor, o "forjador", de los rayos, y, a su vez, protector contra los incendios provocados por la caída de estos meteoros. En la ciudad de Roma, además, se le consideraba también como el dios del fuego del hogar, relacionándolo, como veremos en su momento, con la diosa Vesta.
Una sociedad tan guerrera como la romana no podía menos que apreciar lo valioso del efecto destructor del fuego sobre los enemigos, o de los incendios ocasionados por los rayos sobre sus bienes y tierras, así que, desde el principio, una de sus más antiguas funciones para con los romanos fue la de dios de la guerra, al que, aparte de la dedicatoria del tubilustrium de Mayo, se le ofrecían las armas capturadas al enemigo en el campo de batalla.
Las fiestas principales de Vulcano se celebraban en verano, como corresponde con la divinidad calorífera que era, así que entonces hablaremos con más detenimiento sobre este viejo y querido dios romano.
Ese apego a su numen original dio lugar a que, pese a los esfuerzos por asimilarlo a un dios griego, en los tiempos en que el panteón se volvió greco-romano, esto no tuviera un efecto real. Su "oficio" etrusco-romano de "fabricante" de los rayos, y, por tanto, muy cercano a Júpiter, principal usuario divino de éstos, facilitaba la posibilidad de identificarlo con Hefesto, el herrero olímpico. De ser así, se convertía en hijo legítimo de Zeus/Júpiter y Hera/Juno, perdiendo su independencia como divinidad y descendiendo un grado en el escalafón de ésta, al pasar a ser dios-hijo. Tampoco salía ganando en otras cuestiones, ya que Hefesto, a pesar de ser un dios, era cojo. La cuestión de la cojera tiene dos versiones legendarias, ninguna de las cuales deja muy bien parados ni a sus progenitores, ni al resto de sus divinos parientes. La primera cuenta que ya nació cojo, y que su madre lo despeñó desde lo alto del Monte Olimpo para deshacerse de él, conforme a la costumbre de algunos pueblos griegos. La segunda relata que el problema de la pierna de Hefesto no era de nacimiento, sino de algo más tarde, cuando, tras enfurecer a su padre, éste lo tiró desde las olímpicas alturas, en una caída libre que duró un día entero y de la que no quedó bien parado. Ambas versiones coinciden en que su cojera le convirtió en el hazmerreir de toda su parentela, que se burlaba cruelmente de su forma de andar. Puede que para intentar compensarlo, sus divinos padres le arreglaron un matrimonio de conveniencia con Afrodita, la más bella del Olimpo. Pero la linda esposa le salió rana, ya que tenía una cierta vena casquivana que la llevó, en la forma de su advocación más voluptuosa, a engañar a Hefesto con dioses y hombres mucho más atractivos que él, y con ocupaciones más prestigiosas o limpias que la suya, que era la de pasar la vida en una fragua, fabricando rayos y forjando armas y armaduras para todo héroe necesitado de ellas. Los romanos, a pesar de la facilidad con la que adoptaban y asimilaban dioses de otros panteones, no quisieron nunca realmente que su polivalente Volcanus se confundiera con Hefesto, de poderes mucho más limitados. Pese a que se documenta algún intento oficial de identificación, en realidad, ésta sólo quedó para filósofos, eruditos, mitógrafos y, desde luego, poetas, porque, eso sí, hay que reconocer que el severo, buen marido y eficaz apoyo militar de Volcanus, daba mucho menos juego que el pobre Hefesto, nacido en una familia desestructurada (padres incestuosos, intentos de infanticidio, parientes proclives a la crueldad mental), con la ocupación menos prestigiosa del Olimpo (por muy divina que fuera, una fragua era un sitio sucio y extremadamente caluroso), y un matrimonio desgraciado con la más guapa del baile, que iba de adulterio en adulterio, convirtiéndole en objeto de todo tipo de bromas sobre cornamentas.

Aunque también cabe la posibilidad de que los romanos no quisieran dar a Vulcano el disgusto de compararle con Hefesto, porque temían quedarse sin su bendita protección contra los ardientes efectos de los rayos. El Sileno se ríe en su pared, y susurra con su voz sin palabras de oráculo montaraz: "¡cuidado cuando se lo preguntes a ellos!".
Ellos, para los que sintáis curiosidad, no han venido hoy porque están "sacando lustre a las trompetas".


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