ENTREVISTAS

(Fragmento de pintura decorativa)



En esta sección se publicarán entrevistas que la autora hace a sus personajes, en forma de conversaciones con cada uno de ellos, o de tertulias con varios a la vez.
De esta manera, se irán presentando los personajes de la novela al público, y, a través de lo que se trate en las entrevistas, las lectoras y lectores podrán saber cómo vería alguien de aquella época concreta (últimas décadas del siglo I antes de Cristo) determinadas facetas, costumbres, usos y modas de la nuestra.

La imagen que he utilizado para ilustrar esta página es un fragmento de un dibujo del natural, obra de J. Bonsor. En su día, decoraba una de las tumbas de la necrópolis romana de Carmona (Sevilla, España), que sus excavadores denominaron "Tumba de la Paloma".

Me hubiera encantado que nos acompañara alguno de nuestros antepasados, pero tampoco hoy ha venido ninguno de ellos y no tengo a quién entrevistar para vosotros.
- Pues como no me entrevistes a mí,... -
- ¡Prisca! ¿otra vez por aquí? -
 - Si, hijita. Es que esto del futuro tiene más que ver que una buena tarde en las carreras,... y una pobre anciana como yo, ya tiene pocas distracciones, así que, como ya me se el camino, pues, ¡ea!, a ver qué hacen los descendientes -
- Anciana, dices... No te veo yo tan mayor -
- ¡Qué dices tú, bonita!,... pero si a mi sólo me pretende ya el barquero,... ¡ay, pobre de mí!, si yo, mira lo que te digo, yo con gusto le pagaba ya mis moneditas,... pero no puedo irme todavía, dejando aquí a mi pobre hija, sola en el mundo,... -
- Disculpa, pero, si tienes yerno, como pudimos comprobar el otro día, es que tu hija está casada,... -
- Como si no lo estuviera: mi yerno es una nulidad -
- ¡Qué tajante, Prisca! -
- La verdad, eso es lo que digo, sólo la verdad. Mira que se lo dije veces a mi niña: no te dejes embaucar, tontina, que ése no te conviene. Pero cuanto una más se empeña en encaminar bien a los hijos,... pues peor. Total, que se casaron -
- Para gran disgusto tuyo, supongo -
- Grandísimo, hija, grandísimo... A punto estuve de morirme de pena,... pero me dije, Prisca, no. Es la única hija que me queda, y tengo que velar por ella -
- ¿Tuviste más hijos? -
- Sí, bonita. Tuve otra niñita, que se me murió muy chiquitina, de la tos. Y cuatro hijos: uno, que apenas si duró un par de meses; otro que no pasó las fiebres, con seis añitos, y otros dos, que apenas me llegaron a hombres, cayeron en la guerra -
- Debieron ser golpes muy duros para ti y para tu marido -
- Para mí sola, que cuando murió el más chico, mi marido ya llevaba seis meses en el otro mundo -
- Lo siento mucho, Prisca. ¿También la guerra? -
- No, hija, el vino -
- ¿Era alcohólico? -
- ¿Borracho?, no, no. Mi pobre Cayo sólo bebía agua. Lo que pasó fue un accidente: trabajaba en una bodega, y a otros dos compañeros y a él se les cayeron encima unas barricas, de las más grandes, llenas, y los aplastaron. Ahora, que el dueño de la bodega se portó muy bien y les pagó a los tres un funeral de los buenos, ¡más bonito!,... Vino muchísima gente; vamos, todo el barrio siguió a la comitiva hasta el cementerio,... La gente todavía se acuerda, ¿eh? -
- Y te quedaste sola con cinco hijos y otro en camino -
- Mismamente -
- Supongo que la familia se haría cargo de vosotros -
- No, hija. Mi Cayo y yo éramos del campo, de un villorrio chiquitín en las colinas Albanas, donde todo el mundo era muy pobre y las familias apenas sacaban para comer de sus huertecillos y sus gallinas. Nosotros queríamos algo mejor, así que cogimos los ahorrillos que habíamos ido juntando, las cuatro cosas que nos habían regalado cuando nos casamos y nos fuimos a ver si Fortuna nos sonreía en Roma,... No podía volver al campo, cargada de nuevas bocas para alimentar; ni con mi familia, ni con la de mi Cayo, que eran más pobretones todavía. El dueño de la bodega nos dio un dinero a cada viuda, así que lo aproveché para comprar un telar, no muy grande, que me cupiera en casa. Hilando y tejiendo salí adelante y crié a mis hijos  -
- ¿Y, antes, cómo os fue a Cayo y a ti al llegar a Roma? -
- Pues no nos fue tan mal, ¿eh?. Él encontró enseguida trabajo en la bodega, así que no pasamos apuros. Al principio vivimos realquilados, compartiendo una buhardilla con otros tres matrimonios jóvenes, que también habían venido del campo a la Urbe; pero cuando me quedé encinta por primera vez, le dije a mi Cayo que necesitábamos más espacio. Nos recorrimos las siete colinas en busca de un sitio para nuestra propia familia, y, al final, acabamos en una finca del Trastévere, donde encontramos un pisito para nosotros solos. No era muy grande, pero estaba sólo en el tercer piso. Teníamos dos cuartos para dormitorios y una sala, ¡con ventana a una plazoleta!,... Mi pisito, que me ha dolido dejarlo como si me hubiera tenido que cortar una mano,... pero yo no podía dejar que mi hija hiciera sola un viaje tan largo, hasta aquí, al último rincón del mundo,... ¡El inútil de mi yerno bien podía haber conseguido otro destino!,... seguro que lo hizo a propósito, para fastidiar,... -
- Está claro que tu yerno y tú no mantenéis una buena relación -
- ¡Ay!, pero qué relación, ni qué nada,... Los dioses, que no escuchan mis rogativas. ¡Cientos de veces les he pedido que no volviera de la guerra!... Ésa era mi esperanza, cuando no pude evitar que mi hija se casara con ese mentecato, que se quedara viuda cuanto antes, mientras todavía estaba de buen ver y no le faltaban pretendientes. Podría haber escogido a un aprendiz de zapatero, que ya estaba a punto de instalarse por su cuenta; o al hijo del panadero de la calle de al lado, que heredaría el negocio de su padre,... pero no, hija, no, se tuvo que casar con ese cantamañanas que le ponía ojitos de cordero degollado,... Y que, para colmo, parece que tiene un acuerdo de los buenos con los dioses, porque, nada, se va una y otra vez a la guerra,... ¡y siempre vuelve!... Cuando vi que los dioses no me escuchaban,... fíjate lo que te digo, niña,... llegué a comprar un cochinillo, negro, como mandan los cánones, y lo llevé a que lo sacrificaran en el altar de Hécate. Mientras, le aconsejaba a mi hija que, como llevábamos mucho tiempo sin noticias suyas, se fuera buscando un nuevo marido -
- Pero ella no te hizo caso -
- Ni el más mínimo. ¡Ay!, ¡se puede ser más tonta!... Podía haber aprovechado para buscarse un buen partido, y, si la divina señora Hécate me fallaba, cuando el cantamañanas volviera alardeando de héroe, se podía encontrar sin esposa. Pero mi hija quería esperar a su marido, ... y, como yo le decía: "sí, bonita, y tu marido en Oriente, por ahí con cuanta pelandusca se le haya cruzado por delante". Mientras, le seguía rezando a Hécate. Pero Oriente debe quedar lejísimos y su divina influencia no llegó hasta allí,... y mi yerno volvió otra vez. Pero no a Roma, sino directamente aquí, a la otra punta del mundo; y va y nos escribe y,... ¡es que me pongo mala de sólo recordarlo!..., va y nos dice que aquí se está muy bien y que mi hija haga el equipaje y se reuna con él, que ya tiene doblada la paga y que va a comprar un piso para ellos en la colonia,... ¡Ay, pobre de mí! ¡A la vejez, otra vez al campo! -


 

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