martes, 14 de junio de 2016

VESTALES, TREINTA AÑOS AL SERVICIO DEL FUEGO

Frasquito de cristal de roca
VIRGINES

Así, Virgines (las vírgenes), era como se llamaba a menudo a las sacerdotisas Vestales, ya que una de las reglas de su orden era conservar la virginidad y el celibato durante los treinta años en los que debían permanecer, como mínimo, al servicio de la diosa Vesta.
La orden estaba compuesta por seis sacerdotisas, la Vestal Máxima (Virgo Vestalis Maxima) y cinco virgines más, que eran sustituidas por otras cuando se retiraban voluntariamente tras las tres décadas de servicio, o cuando fallecían. El fallecimiento, lógicamente, podía producirse en cualquier momento; o bien, en la vejez, ya que no eran pocas las que nunca hacían uso de la posibilidad de retirarse y permanecían en la orden hasta su muerte. El ingreso, para cubrir las vacantes, se realizaba a una edad muy temprana, entre los seis y los diez años; y la primera década de servicio la pasaban como novicias o discípulas de la Vestal Máxima o de una vestal veterana, aprendiendo sus funciones y todos los requerimientos del culto. Llegadas a su segunda década en la orden, ya podían ejercer como sacerdotisas de pleno derecho; y durante la última, ya veteranas, eran las instructoras de las más jóvenes.

La vestal novicia era elegida para ello por el Pontífice Máximo, normalmente entre un grupo de hasta veinte candidatas. Las niñas candidatas debía cumplir una serie de requisitos para ser consideradas elegibles: ser mayores de seis años, pero menores de diez; no tener ningún defecto físico; ser hija de personas libres y que nunca hubieran ejercido un oficio o profesión de las consideradas infamantes; y que, en el momento de la selección, tanto su padre como su madre estuvieran vivos y residieran en Italia. Aunque no era un impedimento, generalmente no se contaba entre las candidatas a las hermanas menores de otras vestales, a las hijas de los pontífices y otros sacerdotes, e incluso a las hijas de los tubicines dedicados a las necesidades musicales de los cultos. Según las fuentes históricas, a lo largo de los muchos siglos que duró el culto de Vesta, hubo de todo, desde épocas en las que era difícil encontrar candidatas y éstas se elegían por sorteo, abundando los recursos a las relaciones con lo sagrado de los padres de las niñas, al número de hijos de la familia, o a buscar la forma de que no se considerara a la chiquilla como elegible; hasta otras en las que tener una vestal en la familia se consideraba un honor y los propios familiares llevaban a sus niñas ante el Pontífice Máximo, deseosos de que fueran seleccionadas para cubrir la vacante en la orden, de forma que, andando el tiempo, todas las vestales acabaron siendo de origen patricio.

Vesta, su fuego y su templo eran el hogar de Roma, y se tenía en una gran consideración a sus sacerdotisas, extraordinariamente respetadas y queridas por el pueblo romano, mientras ellas respetaran sus votos y cumplieran bien con sus cometidos. Las vestales eran hijas de Roma y hermanas de todos los ciudadanos. Cuando salían a la calle, podían desplazarse en litera, o a pie, e ir precedidas por un lictor, como si de magistrados se tratara. Los propios magistrados les cedían el paso, haciendo que sus lictores rindieran honores con sus fasces ante la vestal, o su litera. Y sus personas eran tan sagradas que cualquier atentado o acción irrespetuosa contra una vestal se consideraba un crimen.
Las vestales tenían también una serie de privilegios legales que les concedían un status superior al de la mayoría de las mujeres: en el momento del ingreso en la orden, se liberaban de la patria potestad de su cabeza de familia, pudiendo desde entonces administrar su patrimonio a su antojo, sin necesidad de un tutor masculino; también podían hacer testamento, si querían que sus bienes no pasaran directamente al estado si fallecían dentro de la orden; y podían ser testigos en los juicios, e incluso favorecer con el indulto a un condenado a muerte, si casualmente se cruzaban con éste por la calle.  Posteriormente a la época de nuestras novelas, las virgines tenían derecho a una tribuna propia, cerca del palco imperial, en los espectáculos públicos; y se extendía su capacidad de indultar a la decisión de conservar la vida de un gladiador vencido en combate a muerte. Si era el caso, su opinión se consideraba tan inapelable como si el indulto lo hubiera emitido la propia diosa Vesta.

Por otra parte, si incumplían sus votos de castidad y celibato, o sus obligaciones para con el culto y la diosa Vesta, fundamentalmente dejar que el fuego sagrado de apagara; o cometían traición al estado, eran severísimamente castigadas, con penas que aplicaba el Pontífice Máximo y que iban desde una tunda de latigazos hasta la máxima condena, la de ser enterradas vivas, encerrándolas dentro de una tumba y clausurando la entrada.

Como símbolo de pureza y honestidad, iban vestidas de blanco, con ropas severas y recatadas; y como símbolo de su sacerdocio y consagración al servicio de la diosa Vesta, se tocaban con la infula, una cinta de lana, que, a modo de diadema o corona, adornaba la cabeza de los sacerdotes (y también de los suplicantes y de los animales-víctima de los sacrificios).

GLOSARIO
Virgo Vestalis - Vestal, sacerdotisa del culto de Vesta.
Virgo Vestalis Maxima - Vestal al frente de la orden.
Lictor  (plural, lictores) - Miembros del séquito de los magistrados romanos, a los que acompañaban y precedían, anunciando su presencia, abriéndoles paso, portando los símbolos de su cargo, e incluso ejerciendo de guarda espaldas.
Fasces - Insignia simbólica del poder de los magistrados, compuesta por un haz de varas unidas con cintas o correas y un hacha.
Tubicines - Flautistas, o intérpretes de tibia, instrumento musical de viento imprescindible en el culto, como ya vimos en una entrada anterior.

Para ilustrar esta entrada, un precioso frasquito de cristal de roca tallado, que se conserva en el Museo de Cádiz (España), y que, al parecer procede del ajuar funerario de una niña.

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